
Debajo del manzano:
Todo comenzó en 1990 una tarde de otoño en Río Gallegos, estaba sola en mi casa, no esperaba demasiado de nada ese día.
El día era nublado, en el aire se respiraba la mismísima soledad, y las paredes que me rodeaban daban esa tranquilidad que a la vez era algo intranquila, era como un ambiente tenso, invadido por el silencio.
Ese día decidí despejarme leyendo un libro. Me dirigí hacia la biblioteca, cosa que no estoy muy acostumbrada a hacer(los días nublados suelo tomar una ducha y acostarme en la cama hasta que el mismo calor de las sabanas me duerme, pero esa tarde no lo hice).
Elegí el libro la ironía de la paranoia de Leonard Brawned. Comencé a leer sin mucha atención, era como mirar palabras sin analizarlas, como ver una historia, que en mí cabeza no ocurría, que no imaginaba o que simplemente no existía. Algo que usualmente me llevaría a vivir en otro tiempo y otra realidad. Pero no lo hizo.
Sin embargo hubo una frase que me llamo mucho la atención sin una razón determinada: “Todos conocemos las crudas verdades de la vida, las hemos escuchado, las hemos visto, hasta muchas veces aconsejado a terceros, pero cuando nos toca vivirlas nos cegamos sin razón de ser”.
Muchas veces suelo pensar que el silencio de mi casa me vuelve loca., que esas paredes en realidad me persiguen y me aíslan, que los olores y hasta los mínimos sonidos de esa habitación en realidad no existen. Por suerte al mirar por la ventana y ver el manzano la tranquilidad me vuelve poco a poco.
Muchas veces me he considerado loca, se que he cambiado desde ese día de otoño, desde ese otoño en sí. Sé que todo lo que me pasó ocurrió en una suerte de secreto suicida, y que los rencores de esas tardes nunca saldrán a la vista, pero aún así le ruego a dios volver a ser la misma de antes, o seguir cegada de las crudas y miserables realidades que nos tocan vivir. Aunque suene mal y seco me encantaría volver a ser la misma incrédula y a la vez ignorante de las verdades de la vida
Ese otoño había renacido, ese otoño vi la vida de otra forma, ese otoño volví a nacer.
Deduzco que las situaciones vividas fueron demasiado para mí y mi cabeza, después de conocer a alguien que me trató diferente a otras personas, quien al mismo tiempo se convirtió en mi mejor amigo. Pero después de una amistad muy larga, surgió algo más. Sí me enamore, lo admito, pero no sólo era eso, creo que llegué a obsesionarme, creo que él se llegó a convertir en mi Zahir.
Todos saben que la obsesión por algo y en este caso por alguien no es buena, lo peor es pensar todo el tiempo en lo mismo, ver tu sombra y ver al Zahir, ver lo que sea y relacionarlo con la misma cosa.
Ya no podía seguir viviendo, sí éramos felices, porque el creía que todo era perfecto. Al mismo tiempo sentía que él no me amaba tanto como yo lo llegue a amar:
“sabes que te amo, pero a veces siento que eso no te basta”. ¡No, no me bastaba!. Y por mi obsesión llegue a alejarlo.
Esas noches sin él fueron totalmente agotadoras.
Ya no tenía amigos, ya no hablaba con nadie, mi cabeza sólo pensaba en eso que ya no estaba, en mi obsesión sin lógica.
¿Cómo no pude estar conforme si yo sabia que me amaba? No lo sé, a veces creo que lo que sentía iba mas allá del amor, a veces creo que la admiración que le tenía llego a tal punto que quería que fuera parte de mí y no se fuera.
La situación era enfermiza, eso no lo dudaba, así que decidí simplemente olvidarlo. Borre su número, quemé sus fotos, sus cartas y regalos, me deshice de todo lo que me recordaba a él.
Mi casa había quedado casi desértica, mi hogar ya ahora no parecía tal cosa, solo cuatro paredes y un techo. Los recuerdos ya los había quemado por completo.
¿Cómo pude deshacerme de todo sin rencores? Fácil, las cosas eran cosas y las extrañaba, pero no pensaba en otra cosa que no fuera el, así que la lógica de todo lo que hice, y hacia, de todo lo que queme, era como si en realidad todas esas cosas … no las estuviera haciendo, como si no existieran las situaciones y mucho menos mi vida cotidiana.
A los tres días de tratar de olvidarlo, lo fui a ver, hablamos, gritamos, nos enojamos, lloramos y hasta nos besamos.
Finalmente lo que hice fue lo mas razonable de todo lo que había echo hasta ese momento, simplemente, pensé en mi, en mi propia felicidad y en todo lo que yo era…acto consecutivo a este instante lo mate.
Ahora miro por la ventana, debajo de ese árbol, creo que ahora mi vida vuelve, creo que ahora sigo siendo yo, me pregunto como se sentirá debajo de ese manzano, aunque creo que ya no siente nada.
A pesar de haberlo matado y por momentos creer que mi vida vuelve a lo normal, el siempre esta en mi pensamiento y mi obsesión no cambió nada desde ese momento.
Todo comenzó en 1990 una tarde de otoño en Río Gallegos, estaba sola en mi casa, no esperaba demasiado de nada ese día.
El día era nublado, en el aire se respiraba la mismísima soledad, y las paredes que me rodeaban daban esa tranquilidad que a la vez era algo intranquila, era como un ambiente tenso, invadido por el silencio.
Ese día decidí despejarme leyendo un libro. Me dirigí hacia la biblioteca, cosa que no estoy muy acostumbrada a hacer(los días nublados suelo tomar una ducha y acostarme en la cama hasta que el mismo calor de las sabanas me duerme, pero esa tarde no lo hice).
Elegí el libro la ironía de la paranoia de Leonard Brawned. Comencé a leer sin mucha atención, era como mirar palabras sin analizarlas, como ver una historia, que en mí cabeza no ocurría, que no imaginaba o que simplemente no existía. Algo que usualmente me llevaría a vivir en otro tiempo y otra realidad. Pero no lo hizo.
Sin embargo hubo una frase que me llamo mucho la atención sin una razón determinada: “Todos conocemos las crudas verdades de la vida, las hemos escuchado, las hemos visto, hasta muchas veces aconsejado a terceros, pero cuando nos toca vivirlas nos cegamos sin razón de ser”.
Muchas veces suelo pensar que el silencio de mi casa me vuelve loca., que esas paredes en realidad me persiguen y me aíslan, que los olores y hasta los mínimos sonidos de esa habitación en realidad no existen. Por suerte al mirar por la ventana y ver el manzano la tranquilidad me vuelve poco a poco.
Muchas veces me he considerado loca, se que he cambiado desde ese día de otoño, desde ese otoño en sí. Sé que todo lo que me pasó ocurrió en una suerte de secreto suicida, y que los rencores de esas tardes nunca saldrán a la vista, pero aún así le ruego a dios volver a ser la misma de antes, o seguir cegada de las crudas y miserables realidades que nos tocan vivir. Aunque suene mal y seco me encantaría volver a ser la misma incrédula y a la vez ignorante de las verdades de la vida
Ese otoño había renacido, ese otoño vi la vida de otra forma, ese otoño volví a nacer.
Deduzco que las situaciones vividas fueron demasiado para mí y mi cabeza, después de conocer a alguien que me trató diferente a otras personas, quien al mismo tiempo se convirtió en mi mejor amigo. Pero después de una amistad muy larga, surgió algo más. Sí me enamore, lo admito, pero no sólo era eso, creo que llegué a obsesionarme, creo que él se llegó a convertir en mi Zahir.
Todos saben que la obsesión por algo y en este caso por alguien no es buena, lo peor es pensar todo el tiempo en lo mismo, ver tu sombra y ver al Zahir, ver lo que sea y relacionarlo con la misma cosa.
Ya no podía seguir viviendo, sí éramos felices, porque el creía que todo era perfecto. Al mismo tiempo sentía que él no me amaba tanto como yo lo llegue a amar:
“sabes que te amo, pero a veces siento que eso no te basta”. ¡No, no me bastaba!. Y por mi obsesión llegue a alejarlo.
Esas noches sin él fueron totalmente agotadoras.
Ya no tenía amigos, ya no hablaba con nadie, mi cabeza sólo pensaba en eso que ya no estaba, en mi obsesión sin lógica.
¿Cómo no pude estar conforme si yo sabia que me amaba? No lo sé, a veces creo que lo que sentía iba mas allá del amor, a veces creo que la admiración que le tenía llego a tal punto que quería que fuera parte de mí y no se fuera.
La situación era enfermiza, eso no lo dudaba, así que decidí simplemente olvidarlo. Borre su número, quemé sus fotos, sus cartas y regalos, me deshice de todo lo que me recordaba a él.
Mi casa había quedado casi desértica, mi hogar ya ahora no parecía tal cosa, solo cuatro paredes y un techo. Los recuerdos ya los había quemado por completo.
¿Cómo pude deshacerme de todo sin rencores? Fácil, las cosas eran cosas y las extrañaba, pero no pensaba en otra cosa que no fuera el, así que la lógica de todo lo que hice, y hacia, de todo lo que queme, era como si en realidad todas esas cosas … no las estuviera haciendo, como si no existieran las situaciones y mucho menos mi vida cotidiana.
A los tres días de tratar de olvidarlo, lo fui a ver, hablamos, gritamos, nos enojamos, lloramos y hasta nos besamos.
Finalmente lo que hice fue lo mas razonable de todo lo que había echo hasta ese momento, simplemente, pensé en mi, en mi propia felicidad y en todo lo que yo era…acto consecutivo a este instante lo mate.
Ahora miro por la ventana, debajo de ese árbol, creo que ahora mi vida vuelve, creo que ahora sigo siendo yo, me pregunto como se sentirá debajo de ese manzano, aunque creo que ya no siente nada.
A pesar de haberlo matado y por momentos creer que mi vida vuelve a lo normal, el siempre esta en mi pensamiento y mi obsesión no cambió nada desde ese momento.











